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Cine

Pecadores – crítica de la película

Pecadores – crítica de la película

Ryan Coogler entrega una sorprendente mezcla de terror de época y cine gangster que, bajo el espectáculo y doble Michael B. Jordan, presenta reflexiones sobre los cimientos racistas de los Estados Unidos.

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La película Pecadores (Sinners), del director Ryan Coogler (Pantera negra), ha sido ampliamente promovida desde el ángulo vampírico, con guiños importantes a la leyenda del músico de blues Robert Johnson y su supuesto pacto con el diablo. Sin embargo, el terror no es necesariamente el principal ingrediente en su espíritu de pugna contra la historia racial de los Estados Unidos. En realidad, es el cine gánster.

 Y no es que el factor terror sea menor a lo que hacen creer los avances –todo lo contrario, de hecho–. Pero es que en el fondo, con mayor sutileza (y conscientemente o no), la película de Coogler dialoga menos con su confeso referente, Del crepúsculo al amanecer (1996), y más con la Cara cortada original de Howard Hawks, estrenada en 1932. Casualmente, el año en el que Coogler sitúa su trama.

 Pero vayamos por partes, pues 1932 es un tiempo convulso para los Estados Unidos, que arrastraba los estragos de la Gran Depresión y de la ley seca. Las cosas eran incluso menos amables para los afroamericanos nacidos en, digamos, Clarksdale, Misisipi, un rincón de los dominios sureños de Jim Crow.

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Michael B. Jordan protagoniza la película Pecadores, dirigida por Ryan Coogler.

Tal es la tierra de la que provienen nuestros protagonistas, los gemelos “Smoke” y “Stack” (ambos interpretados por Michael B. Jordan), y a la que vuelven luego de luchar en la Primera Guerra Mundial, con una parada previa en Chicago. Por si los atuendos de los hermanos no los delataban ya, hay una mención de sus servicios a Al Capone durante su tiempo en la “Ciudad de los vientos”.

 Desilusionados por sus posibilidades en Chicago (“nada más que Misisipi con edificios altos”, dirá uno de ellos), regresan a casa para forjarse un camino de independencia propio, haciendo lo que saben hacer: abrir una cantina, mover alcohol (robado, claro) y ofrecer un espacio para apuestas, baile y música a clientes negros, a cambio de sus dólares. Para la causa reclutan a su primo, Sammie (Miles Caton), un joven desdeñado por su padre predicador debido a su pasión y prodigiosa habilidad para el blues.

 Dados sus personajes y motivaciones, la película Pecadores encuentra sus raíces en la estética del gran género cinematográfico estadounidense –además del wéstern–: el de gánsteres o mafiosos. Al menos como lo describía el teórico Robert Warshow en su fundacional ensayo de 1948, The Gangster as Tragic Hero, donde sostiene que el género cumple una función moralizante, al tiempo revela el lado oscuro del mito americano del éxito. En el imaginario popular, el gánster es, al mismo tiempo, “lo que queremos ser y en lo que tememos convertirnos”.

 El gánster es un héroe trágico, dice Warshow, pues es una persona común que se cree antisistema al obtener sus objetivos fuera de la ley y de la moral establecidos, pero está destinado a fracasar porque sus aspiraciones son, al final, las mismas del sistema capitalista: el éxito como opulencia, poder y lujo. “El gánster está condenado pues está obligado a tener éxito, pero no porque sus medios sean ilícitos”, escribe Warshow. Y agrega: “en las capas más profundas de la conciencia moderna, todos los medios son ilícitos y todo intento de tener éxito es un acto de agresión, dejándonos solos, culpables e indefensos ante los enemigos: somos castigados por tener éxito”.

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 La película de Coogler toma estas polaridades –legalidad o criminalidad, éxito o fracaso, “buenos” o “malos”, incluso devotos o pecadores dentro de la lógica civilizadora de la religión– y arroja a la mezcla las dinámicas raciales de los Estados Unidos de la segregación. ¿Cómo lucen el éxito y la libertad capitalistas para hombres y mujeres negros, arrancados de sus tradiciones y tierras natales para ser esclavizados en otra parte, donde las oportunidades (o la aspiración a tales) son reservadas para aquello que es blanco y cristiano?

 En Pecadores, el vampirismo es una metáfora –obvia, quizá– del racismo fundacional de los Estados Unidos: europeo en su concepción, de una naturaleza depredadora e infinitamente famélica, e infeccioso en su aspiracionismo. Estos vampiros, eufóricos una vez que son convertidos indistintamente de su raza y condición social, también son un poco gánsteres: ¿qué mayor opulencia que la de una eterna vida terrenal –material–, incluso si es a costa del prójimo y de la propia identidad? Negros, blancos y asiáticos son convertidos por igual a lo largo de este metraje, y Coogler no pasa por alto una de las convenciones de las historias vampíricas: para sucumbir a estos seres, primero hay que invitarlos a pasar: dejarlos entrar al espacio en el que existimos.

 Así que el director invita a mirar hacia otros lados por medio de su otro gran pilar temático: la música como herencia espiritual de los pueblos, y la genealogía del blues como descendiente de las expresiones musicales africanas, pero también abuela del soul, del rap y más allá. La música es, quizá, la única fuerza emancipadora en esta historia, capaz de transgredir límites, como los muros de una decadente cantina o las imposiciones morales del racismo. Incluso los límites de las épocas, en una maravillosa secuencia que es mejor no detallar aquí, pero que demuestra una de las mejores cualidades del cine: imagen y sonido trascendiendo el tiempo y el espacio.

A final de cuentas, también rompe las cadenas metafóricas de la posesión, la riqueza y la percepción de “éxito”. Llegado un desenlace que dialoga con el de Cara cortada por ser su exacto opuesto, será más evidente que de dos Michael B. Jordans no se hace ningún héroe para esta película. La verdadera libertad no puede venir de depredar al otro, así sea por un intercambio lícito de dinero de las plantaciones de algodón por un trago de alcohol, sin escrúpulos hacia el círculo vicioso del alcoholismo (¿será que el gánster también es vampiro, a final de cuentas?). Una forma enredada de parafrasear a la activista Fannie Lou Hamer: “nadie es libre hasta que todos sean libres”.

¿Cómo se ve la libertad aquí, a final de cuentas? Quizá como la antítesis del vampirismo, despojado de las ambiciones materiales, más auténticamente vivo. Si eso es ser pecadores, mejor jamás recibir la bendición.

autor Este no es el droide que estás buscando. Crítico y periodista de cine, edita el blog de Film Club Café y también publica en La Estatuilla. Anteriormente, fue editor en jefe de Filmelier en México y Brasil, y editor web para EMPIRE en español.
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