Cannes 2026 – Fjord de Cristian Mungiu & Minotaur de Andrei Zviaguintzev
El cine político actual tiene un problema fundamental: parece no saber cómo evitar la redundancia e ir más allá de la mera exposición de un problema con tajante simplismo.
El cine político actual tiene un problema fundamental: parece no saber cómo evitar la redundancia e ir más allá de la mera exposición de un problema con tajante simplismo. En Cannes, cada año hay varias películas que tocan, directa o indirectamente, alguna cuestión política vigente en el mundo, evidentemente con la intención de que le sean colocadas las etiquetas de “importante” o “urgente” para poder llevarse un premio y después, con el aval de ese premio, hacer ingresos en taquilla para “denunciar” temas que ya son condenables por sí mismos.
Tanto en Fjord como en Minotaur del rumano Cristi Mungiu y del ruso Andrei Zviaguintzev nos enfrentamos a este fenómeno. Ambos son cineastas que han sido ampliamente celebrados y recompensados en la historia del festival por sus películas que siempre tienen una fuerte carga política. El cine de Mungiu se caracteriza por un estilo más seco, decididamente más realista y directo mientras que el de Zviaguintzev tiende a una metaforización velada, a usar situaciones cotidianas de los habitantes rusos para a partir de ahí exponer lo que siente que está corrompido de su sistema de gobierno.
Pero tras años de trayectoria y de presencia en el festival que ya abarcan casi 20 años, los temas y su tratamiento ya son redundantes y dan signos de una evidente fatiga, demostrando que el cine político, particularmente en el contexto ideológico y económico tan cuestionable de un festival como Cannes, necesita una dirección nueva o más bien, quizá no esperar que el cine sea un lugar en el que se desahoguen los temas políticos de relevancia actual.
En el caso de Fjord, existe una intención de polemizar y “matizar” posturas políticas e ideológicas extremas al tratar de mostrar que ambos polos en un conflicto tienen argumentos válidos en los que resulta imposible llegar a un punto de acuerdo. En la película, una joven familia rumana de valores conservadores se muda a una región en los Fiordos noruegos muy progresista y con valores educativos y familiares radicalmente opuestos. Esa tensión pone a los padres (Sebastian Stan y Renate Reinsve) en una abierta confrontación con los Servicios de Protección Infantil noruegos- que parecen tener más poder que el Estado mismo- por la custodia de sus cinco hijos después de que surgen alegatos de violencia física.
En lugar de tomar una postura, Mungiu decide evadirla y esconderse en una zona gris en la que da la impresión de dar voz a los dos bandos del conflicto central, pero en realidad hay una condescendencia tan abismal hacia todos los personajes en la película que el final termina por despeñarse en una ambigüedad religiosa que es francamente vergonzosa.
Por otro lado, Zviaguintzev ofrece en Minotaur una película que es mucho más sofisticada y con una construcción visual mucho más interesante que la de el rumano aunque con nula diferencia de sus películas anteriores. Lo que comienza como un drama conyugal de infidelidad a la manera de películas como La femme infidele (Chabrol, 1969) o Unfaithful (Lyne, 2002) se convierte en una condena de la burguesía rusa y su rol frente a la guerra que azota la frontera del país- lejos de la banalidad de los conflictos conyugales- y la forma en la que la impunidad y la corrupción están vigorosamente vivas en el alma de la sociedad rusa contemporánea.

Cuando la denuncia se detiene ahí no parece haber ningún riesgo en la película misma más allá de su declaración, simple y llana, de que la indiferencia a una situación tan abyecta como la guerra crea una sociedad propensa a la misma abyección en el manejo de conflictos en la vida cotidiana.
La tenue metáfora de Zviaguintzev usa el mismo método de casi todas sus películas anteriores (Leviathan, 2014; Loveless, 2017) que conviene a la agenda política del festival (amigable con la política de la Unión Europea, claramente anti Putin) y que instrumentaliza las causas políticas de muchas de las películas que se presentan tanto en la competencia oficial como en las secciones paralelas.
Con una visión cinematográfica que ya parece limitada a sus propias agendas, cineastas como Mungiu y Zviaguintzev se convierten en herramientas que primero consolidan una postura ideológica del festival mismo y que después son usados como moneda de cambio en un mercado que busca reafirmar complacientemente que la tarea primordial de los artistas es la denuncia y que pretende abonar algo de valor a un debate inexistente.
Es difícil saber si alguien realmente cambia una postura política o ideológica después de ver una película premiada en un festival, pero cabe sospechar que tras años y años de cine “político” y considerando el estado actual de la sociedad, quizá el cine debería enfocarse primero en afinar sus herramientas, encontrar sincronía y variedad en un mundo tan plural como el actual y dejar de enquistarse en solamente hacer declaraciones que no cambian la situación de quienes realmente viven en los problemas que presentan. Dejar la complacencia de un supuesto cine “político” y simplemente hacer cine, que cuando se hace sinceramente, es ya en sí una tarea subversiva.