Directo al corazón
Danny Collins, con Al Pacino, es una cinta entretenida, pero de poco alcance.
Películas que retoman la historia de hombres tremendamente exitosos –en este caso dentro del mundo de la música– que ya en edad avanzada se dan cuenta de que perdieron el camino y su vida carece de sentido hay muchas y generalmente deambulan entre los lugares comunes, los clichés y lo predecible.
En el caso de Danny Collins –cuyo título en español no podía ser más desafortunado y premonitorio– no es la excepción, sin embargo, tiene algunos puntos a su favor. Entre ellos, quizás el más importante es que el debutante director Dan Fogelman, apuesta por ir a lo seguro, contarla de la manera más sencilla, honesta y sin pretensiones, dejando que sean los pequeños detalles los que la distingan y enganchen al espectador y que los actores hagan lo que mejor saben hacer. De esta forma, Al Pacino desarrolla diálogos ágiles y encantadores, la química con Christopher Plummer –como su sumamente lúcido y viejo representante– es innegable, además de encontrar la réplica adecuada en la siempre efectiva Annette Bening. Y por si lo anterior fuera poco, el relato encuentra el sustento sentimental en hechos como que el detonante para la búsqueda de redención del protagonista –sumergido en conciertos masivos que le obligan a repetir sus viejos éxitos, casi como si de una pieza de museo se tratara– sea la llegada de una tardía carta de John Lenon, de quien por cierto, muchas de sus composiciones forman parte del soundtrack, elevando de inmediato el nivel de la factura de la película.
Así pues, estamos ante un producto menor y rutinario, pero entretenido, por momentos emotivo y hasta divertido.
