La muerte de un unicornio – Crítica de la película
Con la "película de monstruos" La muerte de un unicornio, A24 entrega uno de sus esfuerzos más tibios y convencionales.
Retomando lo dicho en otra ocasión, los sellos de compañías productoras o distribuidoras hoy son desplegados como bandera… ¿pseudo-autoral? ¿Como garantía de “calidad” (lo que sea que eso signifique)? O, por lo menos, como una señal de qué esperar. En el caso de A24, la marca se ha establecido como estandarte en las escenas independientes y del arthouse… lo que convierte a La muerte de un unicornio (Death of a Unicorn) en una elección extraña de su parte como distribuidora (la película es distribuida en México por Cine Caníbal).
O quizá no lo es tanto si tomamos en cuenta los recientes planes de expansión de la compañía, y si algo nos ha enseñado la historia de incontables estudios, plataformas de streaming y empresas de hamburguesas, es que esto significa acelerar la línea de producción: cantidad sobre calidad. Es una pena que esto haya sucedido con lo que, en papel, podría haber sido una (por lo menos) divertida sátira sobre la arrogancia y codicia desmedidas del 1%, pero también del aspiracionismo ciego y patético de la clase media. Todo filtrado por una violenta monster movie.
En la esquina de la clase media encontramos a Elliot Kintner (Paul Rudd), un abogado corporativo que arrastra a su hija cliché andante de adolescente, Ridley (Jenna Ortega en otra iteración de lo visto en Beetlejuice Beetlejuice), a un viaje de negocios. Ha surgido una oportunidad única para congraciarse con sus empleadores, los Leopold, dueños de una farmacéutica, y han de ir a su encuentro en una remota casa de campo y proyectar la imagen de una familia unida y confiable. Esto, a pesar de que la reciente muerte de la madre ha creado un abismo entre ansioso padre y resentida hija.

Sin embargo, en el camino, arrollan por accidente una misteriosa criatura: un pequeño unicornio. Entre apremiados e incrédulos, cargan con el animal hasta su destino sin saber que realmente no está muerto. Su resurrección repentina y las cualidades aparentemente milagrosas de su sangre despiertan el interés –y la ambición de los Leopold–, que experimentan con el espécimen para conseguir una cura para el moribundo patriarca, Odell (Richard E. Grant). Una decisión que, previsiblemente, sella sus destinos ante la violenta venganza de otros unicornios furiosos.
La sola presencia de estos animales mitológicos haría de la premisa de La muerte de un unicornio el material perfecto para una monster movie absurda. Sin embargo, el debutante director y guionista Alex Scharfman incluye en la mezcla elementos de drama familiar y sátira social que no logra equilibrar por completo, dando como resultado bandazos tonales y un ritmo errático.
Will Poulter es un deleite como Shepard, el heredero inútil y prepotente del clan farmacéutico. Richard E. Grant carga con el peso de la villanía, primero como un hombre humillado por la muerte y luego como un grandilocuente y cínico empresario de aspiraciones hipermasculinas (ambos Grant y Poulter están en el registro exagerado al que el resto de la película podría haber aspirado). El quebrado vínculo de padre e hija es, a menudo, marginado por el guion al rincón de la repetición, en favor de las ocurrencias de la familia de ricos. Hay un par de personajes científicos que proveen los esbozos de una intención por reflexionar sobre la ética de la industria farmacéutica (y sobre la falta de escrúpulos de las megacorporaciones en general).
En otras palabras, existen las semillas de ideas más interesantes en la película La muerte de un unicornio, que sugiere el ridículo de un sistema donde el peligro viene en nombre de la ciencia, y ésta existe al servicio de los pericazos de un idiota adinerado. Pero su abordaje es tan superficial como su forma. La fotografía de Larry Fong (más propositivo en otras colaboraciones) se conforma con ser eficiente, si acaso exaltando algunos de los momentos cómicos. Si hubo música, apenas quedó registrada en la memoria de quien escribe.

El resto del tiempo, la narración arrastra los pies hacia la segunda mitad del metraje, cuando las criaturas desatan su sangrienta venganza. O ni tanto, considerando que el director también deja escapar la oportunidad para abrazar un nivel de violencia ridícula para exaltar su sátira social. Pero salvo por contadas ocasiones, Scharfman opta por una distancia que no luce la inventiva hiperviolenta que iría a tono con la imbecilidad privilegiada, sino que la esconde.
Digámoslo en otros términos, esta película no es ningún unicornio. Delante y detrás de cámaras, termina siendo un ejemplo de que la codicia sólo puede conducir hacia una autodestrucción desprovista de lo único que justifica el precio del boleto: ser fascinante y divertida de ver.