El esquema fenicio – crítica de la película de Wes Anderson
En un panorama que insiste en la incesante novedad, aunque a veces venga vacía, Wes Anderson se sumerge en el cine de espionaje y nos demuestra que perfeccionar un estilo cinematográfico es una cuestión de perseverancia, más no de repetición.
El estilo es una cuestión principalmente de perseverancia. ¿Por qué habría de abandonarse algo en lo que se ha trabajado durante tanto tiempo? Cada vez que el cineasta texano Wes Anderson estrena una película nueva, los comentarios pecan de ser todo aquello de lo que se le acusa al cineasta: repetitivos y sin novedad alguna. Esa vacuidad que perciben en el trabajo de Anderson más bien revela una carencia del espectador que espera una idea de novedad antes que algo realmente novedoso.
Ya desde The French Dispatch (2021), Anderson se ha concentrado en un minucioso trabajo narrativo y plástico que no teme a ser críptico e intrincado, y que demanda varios visionados para ser apreciado a mayor detalle. En un tiempo en el que la mayoría de las propuestas cinematográficas se decantan por una simpleza que si es vacía, Anderson opta por una construcción que parece inabarcable tanto en imagen como en su discurso.
En El esquema fenicio, Benicio del Toro interpreta a un exótico magnate llamado Zsa/Sza Korda, quien se ve envuelto en una trama de espionaje y sabotaje internacional junto a su hija Liesl (una debutante Mia Threapleton), una joven monja con la que tiene una relación distante y a quien desea heredar su cuantioso imperio. A ellos se suma un tímido profesor de entomología sueco (Michael Cera) a lo largo de un viaje que comprende cinco paradas distintas.

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Al iniciar con una emocionante secuencia aérea, Anderson toma inspiración de películas de suspenso clásicas en la vena de Alfred Hitchcock como Intriga internacional (North by Northwest, 1959) o del británico Alexander Korda –quien presta su apellido al personaje principal– para adaptar códigos de género a su propio estilo. A diferencia de Asteroid City (2024) que tomaba inspiración de diferentes corrientes e ideas propias del teatro europeo y estadounidense, en El esquema fenicio, Anderson se sumerge en el cine de espionaje para darle estructura a la película.
Aunque narrativamente El esquema fenicio se adhiere a una estructura más convencional que sus trabajos más recientes, tiene algunas digresiones que exploran temas como la fe, el misticismo además de las relaciones distantes entre padres e hijos, un tema que era recurrente en una etapa más temprana de la obra de Anderson, particularmente alrededor de la época de Los excéntricos Tenenbaum (2001) o The Darjeeling Limited (2007). Pero a diferencia de aquellas, en El esquema fenicio, la emoción se somete al estilo y se contiene inspirándose en los trabajos del sueco Ingmar Bergman, evocando en específico a Fanny y Alexander (1982).
Como apuntaba con gran elocuencia Benedict Cumberbatch en la conferencia de prensa de la película en Cannes, la adición de Michael Cera al repertorio actoral de Wes Anderson resulta uno de los puntos más fuertes de la película, particularmente porque el estilo actoral de Cera, que transmite una confidente introversión, se integra con asombrosa facilidad a los universos de Anderson. “Como cuando Dios descubrió el agua”, decía Cumberbatch y, exageración aparte, es muy cierto que pocos actores comprenden la sensibilidad peculiar de Anderson como Michael Cera.
El esquema fenicio no atraerá a nuevos devotos al cine de Anderson pero la fidelidad que el cineasta mantiene a su visión y las vastas posibilidades narrativas y visuales que continúa hallando resultan suficientes para mantener el interés y encontrar novedad donde ojos necios ven repeticiones. Como los grandes cineastas, Anderson entiende que el estilo se cultiva y no se abandona, aun si la mayoría le insiste en que haga algo “diferente”.
Tal como le sucede a su protagonista Zsa-zsa Korda, interpretado finamente por Benicio del Toro, a Wes Anderson se le pretende sabotear afirmando que no es más que una sombra o el eco de lo que era, pero sigue siendo una voz indispensable en el panorama del cine contemporáneo, particularmente cuando este se ahoga en el anonimato visual. Anderson es uno de los últimos grandes materialistas y de los pocos que aún se apoyan en el resto de las artes para mantener la vitalidad del cine.
Este texto fue parte de la cobertura de Cine PREMIERE de Cannes 2025.