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Cine

Depredador: Tierras salvajes – Crítica de la película

Depredador: Tierras salvajes – Crítica de la película
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Depredador: Tierras salvajes lleva la deconstrucción de la saga a su conclusión lógica, pero no se salva de cierta “disneyficación”.

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Resulta sorprendente que, en un lapso de tres años, la saga cinematográfica de Depredador creció por tres películas: Depredador: La presa (Prey) en 2022 y, solo en 2025, la antología animada Cazador de asesinos (Killer of Killers) y Depredador: Tierras salvajes (Predator: Badlands). Todas encabezadas por Dan Trachtenberg, quien deja claro que entiende —y abraza— todos los aspectos de esta saga, incluyendo los más absurdos y bobos. Quizás en ello está la clave para evitar el estancamiento: una conciencia autorreflexiva para cambiar las cosas y quizá (sólo quizá) burlarse un poco de sí misma.

A lo largo de la franquicia, los alienígenas yautja han sido antagonistas y contrapunto para los personajes humanos, que tienen que valerse de más recursos que su fuerza bruta –entiéndase, el ingenio, la inteligencia y la observación– para superar a la que, a todas luces, es una forma de vida depredadora superior.

En esa analogía, estos villanos han sido representados como epítome de la cadena alimenticia galáctica con curiosas contradicciones. Se las han arreglado para perfeccionar miras láser, armas de plasma y naves para el viaje interestelar, pero culturalmente varados en una sociedad tribal donde el valor del individuo se mide por la cantidad de presas asesinadas, la fuerza física y la capacidad de intimidación. O sea, la fantasía de tu tío. Ese el de las tres novias, que no va al médico ni aunque se esté muriendo, y que cree que el futbol “no es de viejas”.

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Si Trachtenberg ya daba cuenta de esto en La presa, con Depredador: Tierras salvajes lleva esta deconstrucción a su conclusión lógica, al hacer de un yautja no el antagonista, sino el protagonista. Claro que no es cualquier espécimen. Dek (interpretado vía captura de movimiento por Dimitrius Schuster-Koloamatangi) es considerado pequeño y débil dentro de su clan, al grado de que su padre (también Schuster-Koloamatangi) ordena a su hermano mayor, Kwei (Mike Homik), asesinarlo mientras duerme. Éste opta por desobedecer—y pagar con su vida—para salvar a su hermano menor y concederle una oportunidad de vivir y probarse. Así, lo envía al planeta Genna a cazar a una letal criatura conocida como Kalisk.

Es un mundo donde todo, hasta el pasto, ha evolucionado para ser absolutamente letal. Para su fortuna, Dek se encuentra con Thia (Elle Fanning en uno de sus papeles más divertidos), una averiada “humana sintética” de la corporación Weyland-Yutani (sí, la misma de Alien), quien ha sido enviada para estudiar la flora y fauna del planeta. Con la androide a cuestas, el yautja continúa su cacería ritual y comienza a hacerse una valiosa pregunta: ¿y si podemos ser más de lo que otros esperan?

Trachtenberg ha aplicado ese mismo cuestionamiento a la saga de Depredador desde La presa, pero la respuesta es más irregular con Tierras salvajes. Es una película con la que consigue burlarse del absurdo inherente de la civilización yautja, y con ello, se permite llevar su mitología hacia territorios novedosos –aunque, también hay que decirlo, esto conlleva su propia serie de problemas–.

El principal es colocar como protagonista y aspirante de nuestras simpatías a uno de estos intimidantes alienígenas. A nivel de guión, Patrick Aison y Brian Duffield intentan resolver esto con un caso de “salvar al gato”: incluso dentro de un clan de letales guerreros híper tecnificados, Dek es un desvalido que está en peligro y ha perdido a su familia. La captura de movimiento también le brinda mayor expresividad a los ojos y, notablemente, nuestro personaje principal pasa la mayor parte de la trama sin las características máscaras de su especie.

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Sin embargo, es muy difícil sentir simpatía por algo con dos hileras de dientes y cuyo lenguaje suena como una bestia a punto de comerte. Y lo mismo puede decirse sobre la coprotagonista. Elle Fanning hace maravillas con lo que el guión le da –y cabe señalar que tiene un rol doble como Tessa, la fría y racional gemela de Thia–, fungiendo como el sustituto de la audiencia ante la incapacidad comunicativa de Dek. Sin embargo, el guión también insiste en reforzar la idea de que los sintéticos de Weyland-Yutani son dispensables en el peor de los casos, y capaces de reconstruirse en el mejor. Hay pocas cosas en riesgo cuando uno de tus protagonistas es prácticamente inmortal, y hay poca humanidad en el otro.

El carisma de Fanning, de nuevo, hace bastante para compensar lo que, en otras manos y con otros talentos, terminaría reducido a chatarra desbordante de CGI en las mismas ligas de Godzilla vs. Kong. Las criaturas nativas de Genna son tan letales como ingeniosas, pero eso deja a los sintéticos –y a Thia, en particular– como los únicos rostros humanos en la mezcla. El clímax casi podría resumirse como combates entre monstruos y soldados dispensables en un escenario genérico, pero es el personaje de Fanning, así como el modesto crecimiento personal de Dek, lo que deja algo por lo que estar implicados.

Dicho lo anterior, la películla Depredador: Tierras salvajes es, dentro de esta trilogía de Trachtenberg, la que menos consigue ocultar la mano tramposa de Disney (La presa fue concebida antes de la adquisición de 20th Century Fox en 2019). Esta cinta, también hay que decirlo, es la versión más deslactosada de Depredador para caer en los terrenos de PG-13, al grado de caer en una “disneyficación” del humor. Ciertas dinámicas entre los personajes parecían más sacadas de Enredados, con todo y la obligatoria criaturilla que se comporta como perro humanizado, lista para ser empaquetada y vendida como juguete. Y claro, el obligado crossover –ahora sí canónico– con Alien sólo abrirá la puerta a narrativas en la lógica interconectada de Marvel.

Habrá que ver hacia dónde va el asunto en futuras entregas, si es que Trachtenberg continúa con la saga. Mientras tanto, que Tierras salvajes quede como la interesante conclusión de la reinvención que planteó desde La presa. Que sea terreno fértil para más secuelas hollywoodenses que se atrevan a intentar algo diferente.

 

autor Este no es el droide que estás buscando. Crítico y periodista de cine, edita el blog de Film Club Café y también publica en La Estatuilla. Anteriormente, fue editor en jefe de Filmelier en México y Brasil, y editor web para EMPIRE en español.
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