Boda sangrienta 2 – Crítica de la película
Después de una refrescante primera entrega, Boda sangrienta 2 es, lamentablemente, una tibia repetición de lo mismo.
En una década de terror definida por la seriedad alegórica de títulos como ¡Huye! (Get Out), El legado del diablo (Hereditary) o La bruja (The Witch), la comedia a cubetadas de sangre, gritos histéricos y sátira de clase de Boda sangrienta (Ready or Not) resultó una bocanada de aire fresco en 2019. Es una pena, por lo tanto, que Boda sangrienta 2 (Ready or Not 2: Here I Come) se limite a los preceptos de la secuelitis más conformista. Es decir: más de lo mismo.
Más de lo mismo, incluso –o quizá debido a– el involucramiento de gran parte del mismo equipo creativo de la primera entrega. El guión, una vez más, es de Guy Busick y R. Christopher Murphy, con la dupla formada por Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett de vuelta como directores. El par, que había trabajado ya con Kathryn Newton en Abigail, la traen de regreso para complementar a Samara Weaving. La trama, aunque expande un poco la mitología alrededor del culto satánico al que pertenecen los antagonistas, se limita a la ejecución de las mismas bromas y caricaturas.
La trama de Boda sangrienta 2 comienza exactamente donde concluyó la primera parte. Luego de triunfar –y salvarse– en el juego sacrificatorio de las escondidas con la familia Le Domas, Grace MacCaullay (Weaving) se desmaya ante la mansión en llamas y es llevada al hospital, donde se reúne con Faith (Newton), su hermana menor distanciada, a la que tuvo que abandonar cuando eran más jóvenes.
Mientras tanto, el Concejo, formado por las cinco familias de élite restantes luego de la muerte de los Le Domas, se reúne en la mansión de los hermanos Danforth, Ursula y Titus (Sarah Michelle Gellar y Shawn Hatosy), para iniciar un nuevo juego de escondidas, pues la inesperada victoria de Grace requiere que sea cazada, asesinada, y que el ganador sea nombrado cabeza del Concejo, con poder mundial prácticamente ilimitado entre las élites del mundo. Ambas hermanas son secuestradas y obligadas a jugar, a expensas de la vida de la otra si se niegan.

En términos de argumento, lo que viene después es de lo más previsible para una secuela, que además insiste en hacer un chiste común del giro más divertido de la primera. Naturalmente, lo agota entre secuencias de persecuciones intensas, combates con desenlaces grotescos y comentarios sarcásticos sobre la frivolidad, cobardía y desconexión de la realidad de las élites económicas y sociales. Sí, eat the rich. Pero tal caricaturización superficial tiene que ir más lejos ya, si no quiere permanecer como uno de los clichés de un espectáculo pseudo virtuoso, pero al final mediocremente escapista. Las dotes de Samara Weaving como scream queen tienen un límite.
Porque formalmente, tampoco hay mucho que recriminarle a Boda sangrienta 2. La fotografía Brett Jutkiewicz y el montaje de Jay Prychidny tanto permiten seguir la acción con claridad, como consiguen la mejor cadencia para los momentos cómicos y dramáticos de la película. El recurso se agota al final, eso es cierto, pero el equipo creativo sabe extraer la máxima gracias de ver explotar a estos desagradables seres humanos.
El guión esboza otros matices narrativos que, en otras circunstancias, habrían podido dar para una exploración más profunda de las tensiones de clase y su aspiracionismo de facto. La subtrama del abandono de Faith a manos de Grace, por ejemplo, es informada por el deseo de una vida más estable fuera de los hogares de acogida.
Otro giro de la trama –quizás uno de sus puntos más interesantes, de lejos– brinda a Grace la oportunidad de esgrimir poder. El guión toma la salida rápida, divertida y obvia, priorizando la ironía y la risa rápida en vez de detenerse un poco a explorar esta idea, misma que enriquecería el arco narrativo que se ha construido para Grace desde la primera entrega. Todo se trata, después de todo, de una persona que ha experimentado marginación y precariedad, que consigue ascender a otro estrato social, pero se niega a abrazar sus términos de opresión hacia los otros.
Dado quién sobrevive y quién no al final de Boda sangrienta 2, queda la puerta abierta para una secuela. Si sucede, esperemos que tenga un poco más que decir, más allá de la cínica repetición.