Attack on Titan: The Final Season – Crítica del episodio 21
Eren ha obtenido finalmente aquel poder descomunal que promete arrasar el mundo.
ADVERTENCIA: La siguiente review del episodio vigesimoprimero de Attack on Titan: The Final Season contiene spoilers.
Desde hace 2000 años, una esclava esperaba su liberación. En la Coordenada, la niña que alguna vez fue se dedica a crear titanes, obedeciendo voluntades ajenas. Hoy, por fin, llegó alguien que le dijo palabras que no eran órdenes, sino una incitación a lanzar su poder contra el mundo que la utilizó. Ese alguien fue Eren Jaeger. Ahora, ese poder descomunal promete arrasar el mundo. Ha puesto a retumbar la tierra.
Con un título que responde al primer episodio de la serie, casi como una carta, “A ti, 2000 años después”, Attack on Titan exploró el mito fundacional del poder titán, contándonos la historia de Ymir, su vida de esclavitud incluso más allá de la muerte. El resultado es un episodio impresionante en varios niveles: en el ritmo, en la animación y las temáticas, que insertan dimensiones múltiples a todo el relato.
Luego de un breve vistazo a la pelea entre Grisha y Frieda Reiss –una escena de brutal violencia–, retomamos donde terminó el episodio anterior, con Zeke a los pies de Eren, quien revela que desde hace 4 años sabía muchas cosas sobre lo que sucedería, cuando besó la mano de Historia y activó los recuerdos de su padre.
Zeke le ordena a Ymir que esterilice a los Eldianos y Eren se desespera por liberarse. Fiel a su determinación, que ignora hasta su integridad física, se suelta de las cadenas al mutilarse los dedos; aquí, el trabajo actoral de Yuki Kaji, voz de Eren, es de enorme calidad, imprimiendo una intención agitada a un personaje que sabe que debe liberarse, lanzando un grito tan desgarrador, mezcla de odio y apuro, que casi deja afónico al actor según dijo en su cuenta de Twitter.
Eren corre hacia Ymir, con Zeke advirtiéndole que nada la detendrá. Casi a punto de alcanzarla, la trama nos regresa a los tiempos en que Freida estaba con Historia. En un libro, le señala la clásica imagen de una niña frente a un monstruo: la primera Titán. Entonces, conocemos la verdad de su vida; la que “pactó con el demonio”, según Marley. La que fue “una liberadora”, para los Eldianos.

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Asomándonos a la humana detrás del mito, a la niña y luego mujer que vivió los abusos, la esclavitud, el abuso, nos damos cuenta que la historia de opresión no es ajena al mito que motiva el racismo ni la venganza. Está en el centro mismo de la figura sobre la que se erigen los relatos con los que ambos pueblos justifican sus acciones. Incluso, esa opresión determinó su vida.
Comprendemos que Ymir construyó los puentes y caminos de los que hablaban los Restauradores de Eldia. Y que también fue la destructora del pueblo de Marley. No fue solo un arma o una liberadora: fue ambas y otras cosas (una esclava; una madre; una mujer abusada). La realidad del mito siempre será así: compleja, ambigua. Pero se la niega en función de qué se quiere creer, qué pasados queremos tener, qué queremos justificar.
Con este episodio se pone en perspectiva lo que supone el transformarse en Titán; hay una reflexión sobre lo que pasa cuando un poder descomunal está en juego. Todo comienza por ese desequilibrio de poder que supuso un quiebre entre Eldia y Marley. Una vez que el Rey de Eldia se percató de que Ymir poseía esa fuerza incontestable, no tardó en usarla como arma. La usaron para dominar.
La opresión sobre Marley luego se les devolvió en forma de discriminación racista. Y darle un sentido mítico a la adquisición de ese poder, también determina los espacios simbólicos que se asignan los pueblos: para Eldia, Ymir fue una reina poderosa, fuerza de civilización. Para Marley, alguien que pactó con fuerzas oscuras. Los eldianos se ven como herederos de un pasado glorioso, estirpe poderosa que posee acceso a ese poder. Marley se percibe como un pueblo que derrotó a sus opresores y los mantiene a raya.
Entre los matices, el poder titán se asoma como elemento al que le orbitan los simbolismos, las exclusiones, el racismo, las verdades. Como todo dispositivo de poder, lo importante es quién lo posee y cómo lo usa. Y todos lo han visto como un arma, algo para dominar o vengarse. Eren no es la excepción, pero esta vez, el enemigo no es otra nación, sino el mundo. Era cuestión de tiempo antes de que un odio focalizado, se derramara sobre todas las cosas y toda la gente.

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El trabajo de animación de la vida de Ymir es destacado, con fuertes intenciones simbólicas (como los nueve pétalos, que simbolizan los nueve titanes, o la ausencia de pupilas, indicando un alma vacía), a través de una paleta de colores ocre, con personajes grisáceos para evocar un periodo violento, una vida sin escapatoria; una narración basada en las imágenes, sin tanta exposición de diálogos, así como en una musicalización orquestal, con coros y percusiones que otorgan una atmósfera grandilocuente.
Tras alcanzarla, Eren le dice: “No eres una esclava. Ni una Diosa. Eres una persona. No obedezcas. Tú decides”. Poner en las manos de alguien que vivió en la esclavitud tal incitación revanchista, solo podía tener ese resultado. El rostro de Ymir es entonces uno de rabia, de quien decide acabar con todo.
Entonces, inicia el Retumbar. La secuencia es atormentadora, con efectos de truenos, cámara temblorosa que evoca el movimiento sísmico, planos detalle que nos intuyen lo colosal del Titán Fundador y planos holandeses para resaltar la escala de los titanes que salen de las murallas y transmitir la inestabilidad, el horror destructivo. La dirección del episodio conjunta efectivamente todos los elementos para hacer de este, un momento memorable.
Ahora, bajo un cielo rojizo, Eren, con la forma cadavérica de un Titán Fundador gigante, se lleva a los titanes de las murallas que cercaron su infancia, a aplastar el mundo. Con ellos, lleva la venganza última: la que dejará solo las cenizas.

Attack on Titan está disponible en Crunchyroll y Funimation.