Toy Story 5 – Crítica de la película
Aunque aquejada por las repercusiones de la “secuelitis nostálgica”, Toy Story 5 plantea un argumento relevante sobre el uso de pantallas en la infancia.
“Las cosas que poseemos son contenedores de sentimientos y recuerdos. La historia que se deposita en las cosas mediante un largo uso les confiere un valor sentimental”, escribe en su ensayo No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (Taurus, 2022) el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, quien podría no parecer el referente más obvio para hablar sobre Toy Story 5. Excepto que el más reciente largometraje de Pixar, con Andrew Stanton en la silla de director luego de escribir cada entrega pasada de la saga, plantea una trama que se inserta de lleno en la “desmaterialización y descorporeización digital del mundo” que el filósofo plantea en su ensayo.
El argumento parte de que la pequeña Bonnie, quien todavía disfruta de jugar con juguetes, está teniendo dificultades para hacer amistades. Jessie, la nueva líder de sus juguetes, descubre que todos sus vecinos están encerrados en casa, jugando con algún dispositivo con pantalla. Preocupados por su hija, los padres de Bonnie deciden comprarle una Lilypad, una tablet con aspecto de rana mediante la cual, finalmente, puede participar en chats y juegos online con otras niñas de su edad. Sin embargo, ella pasa cada vez más tiempo en pantalla, ignorando a sus juguetes. Jessie, que recuerda el abandono de su niña anterior, lo resiente más.
Las cosas dan un giro cuando Bonnie es invitada a una pijamada y Jessie, determinada a cuidarla, viaja en su mochila con el caballo Tiro al Blanco. Sin embargo, ambos juguetes son dejados atrás por vergüenza, y terminan perdidos en una casa a las afueras de la ciudad mientras la niña pasa la noche con sus amigas, cada una con su Lilypad. Jessie debe encontrar un modo de volver a casa, mientras que Buzz Lightyear recluta la ayuda de Woody para ayudar con la crisis.

Hay una crítica pertinente al hecho de que Pixar, estudio de animación otrora distinguido por su originalidad, se encuentre en la quinta entrega de una franquicia—lo sabemos, es mandato corporativo del ratón para ir a la segura—. Y de hecho, Toy Story 5 tropieza cuando se inclina por las indulgencias nostálgicas de su predecesora. El guion—escrito a cuatro manos por Stanton y Kenna Harris—funciona mejor cuando se enfoca en la trama de Jessie contra las máquinas y deja de mirar al pasado. No diremos mucho más que Woody no tiene nada que hacer aquí, y la justificación de su presencia en nombre de los “viejos buenos tiempos” es un disparo en el pie que entorpece el resto de la narrativa sin aportar gran cosa.
Pero dejando este aspecto de lado, también cabe decir que tener una franquicia tan longeva permite observar y contrastar, mediante una misma premisa—juguetes que cobran vida—, los intereses y preocupaciones entre generaciones a través de dos décadas. En la primera Toy Story, el miedo de Woody como juguete de trapo y cuerda, era ser reemplazado por una figura de acción con botones y láser. El salto tecnológico y la pérdida de propósito individual siempre han estado, de un modo u otro, en el corazón de la saga. Entonces, ¿cuánta tecnología es demasiada?
Toy Story 5 pone el dedo en la llaga de lo que la proliferación de los gadgets con pantallas, juegos y redes sociales pueden hacer con nuestras relaciones personales y, en particular, en la socialización durante la niñez. Se puede jugar con una tablet, claro está. Pero al igual que el smartphone, ésta “refuerza el egocentrismo”, “generaliza la compulsión háptica de tenerlo todo a nuestra disposición” y, argumenta Byung-Chul Han, tal compulsión somete el sentido de la vista y lo lleva a perder tanto su lado mágico como la capacidad de asombro. Las otras personas, mediadas por la pantalla y el dedo, se convierten en objetos consumible. El juego mismo se convierte en una de las no-cosas que define en su ensayo.

Los juguetes son, por lo tanto, cosas vitales en la socialización de las infancias, y si están cargadas de sentimientos y de valor sentimental, es precisamente porque son un conducto para la imaginación. Aunque la representación del juego imaginario no es nueva en Toy Story—recordemos la fantástica secuencia del tren en la tercera entrega—, aquí Pixar introduce una dirección de arte en acuarela durante secuencias específicas, para separar lo que Bonnie imagina durante su juego de lo que sucede en su mundo “real”. La exaltación de la imaginación nunca había sido más importante ante la desconexión emocional e intelectual que, paradójicamente, trae la hiperconectividad de los aparatos. Estamos constantemente online, pero no forjamos vínculos ni comunidades.
En ese sentido, es interesante ver la postura que Toy Story 5 adopta respecto a la tecnología de consumo, pues lo que sucede a Bonnie a lo largo de la trama parece una sucesión de buenas intenciones. Los padres compran a Lilypad para ayudarle a hacer amigos, y la propia Lilypad actúa por cuenta propia con el bienestar de la niña en mente. La responsabilidad del cyberbullying que ella padece después recae, de nueva cuenta, en los padres y su criterio. Claro, la proliferación de dispositivos y aplicaciones sin regulación por los escasos escrúpulos de Silicon Valley, serán tema de otra cosa, pero no de una comedia familiar de aventuras.
Al menos la película, con todo y sus tropiezos, apunta el dedo hacia un problema real, urgente y de repercusiones tangibles sobre el consumo de pantallas en infancias. Hablando de consumo, también parece un comercial para un brillante y nuevo modelo de Buzz Lightyear. A veces, es posible salirse con la suya en dos frentes diferentes.