Robot salvaje – Crítica de la película
En esta película tierna sobre el poder transformador de la compasión y la aceptación, DreamWorks entrega uno de sus trabajos más espectaculares. ¿Pero en verdad es uno de sus mejores?
En más de un sentido, la película Robot salvaje, de DreamWorks, podría percibirse como una celebración animada de la creatividad y la imaginación, a menudo tan escasa en el Hollywood de hoy. La afirmación, hay que admitirlo, puede resultar hiperbólica: cuando la vara está al nivel de las cuartas entregas de Kung Fu Panda (del mismo estudio) o Mi villano favorito (de Illumination), cualquier cosa que no sea franquicia brilla por su novedad.
Robot salvaje no es del todo original si consideramos que la película, dirigida y escrita por Chris Sanders (Cómo entrenar a tu dragón), adapta el libro ilustrado homónimo, firmado por Peter Brown. Sin embargo, desde su historia hasta su dirección de arte, logra brindar la proverbial bocanada de aire fresco –y de humanidad– a un calendario de estrenos plagado por franquicias cuya espectacularidad vacía es inversamente proporcional a su originalidad. Esto, además, en un momento en que las profesiones creativas atraviesan un periodo de ansiedad colectiva por el ascenso de las llamadas “inteligencias artificiales” y herramientas similares.

La historia que Sanders nos presenta es sorprendentemente minimalista para una producción de su tipo. En un futuro no especificado, una nave de carga se estrella inexplicablemente en una isla deshabitada por humanos. Lo único que sobrevive es una unidad de robots de servicio doméstico, ROZZUM 7134, o “Roz” (voz en inglés de Lupita Nyong’o). Desprovista de un propósito al no haber humanos a quiénes servir, la robot decide buscarlo entre los animales de la isla. Con ayuda de un zorro, Fink (voz de Pedro Pascal), lo encontrará en una débil cría de ganso, Brillo (voz de Kit Connor), a quien debe preparar para emigrar en el invierno.
En el proceso, robot y polluelo han de enfrentarse al rechazo de las comunidades salvajes: Roz es considerada un monstruo, un ser invasor y antinatural. Brillo, por su parte, es marginado por su crianza y por su tamaño: es pequeño y considerado demasiado inepto para sobrevivir al hostil mundo natural.

Varias virtudes intrínsecas a destacar de la película Robot salvaje. A pesar de su sencillez, no se toca el corazón para abordar la crueldad de la vida salvaje, una cualidad que le aleja de las blanqueadas narrativas del Disney moderno y le acercan más a uno de sus citados referentes: el cine de Hayao Miyazaki. Una influencia que es específicamente estética, pero que delinea paralelos temáticos relevantes con obras como La princesa Mononoke: vida y muerte coexisten en el mundo de manera simbiótica, trágica e inevitable, sin ceñirse a una moralidad (incluso si sus personajes eventualmente lo harán, en nombre de una moraleja más simplista que la del clásico de Ghibli).
Así, su relato sobre el poder transformador del aprendizaje mutuo, la aceptación y la compasión, gana un peso dramático real, importante y conmovedor a final de cuentas. Cuando lo que hay en juego son vidas reales y el mundo que compartimos con quienes queremos, el mensaje evita caer en el buenondismo barato y vacío.
La dirección de arte de Robot salvaje hace eco de este corazón compasivo y “humano” (si cabe el término para hablar de una película casi libre de humanos en su narrativa). Los animales, más cercanos en diseño a la tradición de Disney, expresan mundos con los ojos, posturas y el lenguaje humano (cuya presencia es explicada como que Roz, en realidad, aprende a comunicarse con las criaturas). El diseño de los personajes robóticos, por otro lado, es lo suficientemente neutro para evocar el mundo híper-tecnificado al que pertenecen (más cercano a la Eva de WALL-E), pero también emitir emociones cuando éstas entran en su repertorio de funciones.
Incluso el estilo de animación, descrito como una pintura en movimiento, existe en un lugar entre la tecnología y la artesanía, un look logrado por el trabajo de varios artistas humanos, sin los atajos de las supuestas “inteligencias artificiales”. Su lugar está más cerca de las animaciones similares y más novedosas de años recientes, como A través del Spider-verso, Gato con botas: El último deseo y Tortugas Ninja: Caos mutante.
Y también hay algunas preguntas pertinentes sobre la concepción de este mundo en sí. La primera surge con algunas escenas breves, pero sugerentes, sobre las condiciones de la civilización humana en este futuro hipotético. Con toda la imaginación involucrada, ¿no podemos concebir otro escenario que el de la devastación ambiental y la enajenación tecnológica?

Dicho todo lo anterior, hay tropiezos de Robot salvaje que traicionan sus aspiraciones más minimalistas, creativas y humanistas. Existen secuencias –de acción, sobre todo– cuyo frenesí llega a romper con el ritmo que permea al resto del metraje, y que incluso parecen diseñadas pensando en un público con déficit de atención. Hay tantos elementos y acciones en pantalla que seguirlo todo puede ser tan difícil como justificar por qué se ejecutó de esa forma.
Lo anterior también conduce a posibles cuestionamientos sobre las caracterizaciones de robots codificados como de un género u otro. Una cosa es el libro original, en el que hay que recurrir inevitablemente al lenguaje escrito, ¿pero por qué caer en dicotomías convencionales para estos personajes? Por un lado, los roles de crianza y de manipulación o mentira quedan reservados para robots “femeninos”, mientras que los “masculinos” son los violentos invasores.
Lo anterior invita a la posibilidad de imaginar algo diferente, por una vez, para una película familiar. Pero a la luz de su discurso, quizá ese es el punto: pensar nuevas formas de concebir la tecnología y la relación con el mundo natural de una civilización cada vez más enajenada. No es una reflexión explícita en Robot salvaje, y quizá es una oportunidad perdida. Pero, por lo menos, nos conmueve lo suficiente para ponernos del lado de la naturaleza.