Resurrection – Crítica de la película
Con Resurrection, su tercer largometraje, Bi Gan no plantea tanto un homenaje al cine, sino una reflexión sobre su lugar en nuestras vidas.
En un inútil intento de categorizar a Resurrection –aunque quizás útil como endeble punto de partida para su lectura– sería apto etiquetar al tercer largometraje del cineasta chino Bi Gan como una épica de ciencia ficción surrealista. El director y coguionista nos plantea un mundo –al parecer retrofuturista, quizás hasta retrotópico– en el que la humanidad ha conseguido vivir eternamente, a cambio de renunciar a soñar. Incluso antes de que Bi Gan nos revele sus dispositivos alegóricos, se viene a la mente el documentalista e historiador cinematográfico Mark Cousins, quien en su documental La historia del cine: una odisea (2011) describe al arte surgido en los albores del siglo XX como “parecido a nuestros sueños”.
El aforismo no sólo es pertinente al largometraje de Bi Gan, sino también a otro lugar común tan a menudo balbuceado a propósito de cualquier película que haga referencia, por superficial que sea, a la historia del arte que la engendra: la “carta de amor al cine”, ya tan vacía de significado como explotada por el marketing. Es, por supuesto, algo que se podría decir aquí como primera reacción: tan solo la secuencia inicial de la película desborda de homenajes al cine temprano, con todo y sus imágenes silentes filmadas a 16 cuadros por segundo. Sin embargo, esta no es una película que aspira al homenaje nostálgico por sí mismo, sino que su fragmentario relato construye una reflexión sobre el propio medio en los tiempos que vivimos.
En este mundo donde se ha renunciado a los sueños, una mujer (Shu Qui) encuentra a un monstruoso Delirante (Jackson Yee) –detrás de cámaras, Bi Gan lo bautiza Movie Monster–, una figura entre nosferatuesca y quasimodesca que se oculta en un fumadero de opio para poder seguir soñando, aunque este acto lo encamina irremediablemente hacia la muerte. Descubriendo un proyector en la espalda del Delirante, en una secuencia que separa cuerpo y cabeza con una cortina, la mujer inserta un carrete de película para ayudarlo a caer en un profundo sueño, en el que revivirá un siglo de su vida pasada antes de morir. En el comienzo del sueño, el Delirante se ve a sí mismo y a la mujer en lo que parece una recreación de El regador regado (1895), de Louis Lumière, considerada la primera instancia de ficción cinematográfica.

La subtrama del Delirante enmarca el resto de la narrativa de Resurrection, estructurada en seis fragmentos o “sueños” que aluden a diversos géneros y épocas del cine, pero también a los sentidos, para el espectador occidental, cabe señalar que los sentidos que nos conectan al mundo no son cinco según el budismo, sino seis: ojos, oídos, nariz, lengua, cuerpo y mente.
Desde esta secuencia inicial, Bi Gan dota al cine de una corporalidad alegórica: su Delirante o Movie Monster –monstruo de cine– es un cuerpo que crea/proyecta el cine, una cabeza que lo mira/sueña y un todo que existe por y para él, con su identidad –¿o múltiples identidades?– forjadas por sus sueños/películas, a la vez creadas por su imaginación. Al mismo tiempo, es el cine en sí mismo, en una marcha paulatina e inexorable hacia la desaparición de su ser, un sentido a la vez.
Entre sueños, somos testigos de la identidad del monstruo transmutando con cada uno de sus sueños, que a su vez van del estilizado neo-noir al contemplativo drama al thriller con elementos de fantasía. Bi Gan no sólo nos recuerda de las posibilidades expresivas del cine: quizá también nos plantea que hemos de imaginarnos a nosotros mismos como Delirantes, seres que han descubierto el poder de vivir décadas de vidas distintas en un lapso de dos horas y media. El último sueño, realizado en uno de los planos secuencia que ya se esperan del director, cámara y montaje despliegan su poder para hacernos sentir el paso del tiempo, desdoblándolo o contrayéndolo a voluntad –ojo con la segunda alusión a El regador regado–.
Sin embargo, también cabe tener en cuenta que el destino del Delirante es inevitablemente trágico, incluso dentro de cada una de sus visiones oníricas, todas marcadas por la muerte o la desaparición. Imaginarnos en su lugar conlleva el peligro del ensimismamiento con el escapismo: soñar hasta morir no como un acto de imaginación sino de consumo, incluso si la propia identidad se funde con la soñada.
O quizá lo que Resurrection plantea es que cada sueño es una afrenta a la muerte, una rebelde pulsión vital que se resiste a ser apagada, en una época en que el acto de vivir parece reducirse cada vez más a su extensión artificial desde el aislamiento y el individualismo, privado de cualquier “suciedad” o sufrimiento, materias primas tanto de la imaginación como del acto creador, ambos cada vez más delegados a herramientas que ignoran el alma humana y sus sentidos, pero presumen el poder para reemplazarla.
“Si el dinero no impulsa al cine, ¿qué sí lo hace?”, cuestiona Mark Cousins en su documental, donde argumenta que las imágenes y las ideas son el motor que tiene el poder de moverlo y movernos. En nuestro mundo, puede ser que el cine esté muriendo, y que incluso esto sea consecuencia de su propia naturaleza, presa de la paradoja del arte e industria. Quizá hasta sea necesario dejarlo morir.
Pero si la estructura cíclica de Resurrection nos sugiere algo, es que tal vez sea posible renacer y reafirmarse más vivo y humano… Se trate del cine o de nosotros mismos.