La balada de la isla – Crítica de la película
Coescrita y protagonizada por Tim Key y Tom Basden, La balada de la isla es una comedia con mucho corazón sobre la pérdida, la soledad, y seguir adelante.
“Nadie es su propia isla”, dicta aquel aforismo sobre la imposibilidad de vivir en solitaria autosuficiencia. Pero eso no evita que, al arranque de la película La balada de la isla (The Ballad of Wallis Island), esa sea precisamente la manera en que intentan vivir los protagonistas.
El primero de ellos es Charles (Tim Key), un excéntrico viudo que ha ganado la lotería no una, sino dos veces, lo que le ha permitido vivir holgadamente en una enorme casa en la remota (y ficticia) isla británica Wallis. Con tanta añoranza por su difunta esposa como dinero para gastar, decide contratar para un concierto privado al hastiado Herb McGwyer (Tom Basden), una mitad del separado dúo de folk McGwyer Mortimer que Charles y su esposa adoraban.
Por su parte, Herb atraviesa un mal momento: se ha vuelto cínico, y ha aceptado el trabajo únicamente para financiar un nuevo álbum de pop. Las cosas no parecen mejorar cuando, sin previo aviso de Charles, su excompañera y expareja, Nell Mortimer (Carey Mulligan), llega también a la isla acompañada de su esposo, Michael (Akemnji Ndifornyen).

La película La balada de la isla comienza, pues, con una premisa humorística sobre un fan from hell reuniendo a su banda favorita a la fuerza. Y en manos menos sensibles que las de Key y Basden –también guionistas–, podría convertirse en una comedia romántica cargada de desencuentros chuscos y estereotipos: el artista vendido, el fan excéntrico, la estrella olvidada.
Sin embargo, los escritores y el director James Griffiths toman estos elementos y los conducen hacia una exploración de la soledad y la añoranza, pero también de las maneras en que estos sentimientos son reprimidos desde la evasión y la negación. En otras palabras: ésta es la historia de dos hombres que intentan, con demasiadas ganas, convertirse en islas ante dolorosas pérdidas.
Pero a pesar de que a menudo son concebidos como fríos y nublados, los parajes isleños británicos, tanto escenario físico como alegoría de la psique de los personajes son aquí dotados de cierta calidez inmaterial. Las actuaciones, su humor sencillo pero sensible, y la música –compuesta por Adem Ilhan, mientras que el propio Basden escribió canciones originales para McGwyer Mortimer–, mantienen las cosas bastante ligeras incluso cuando se asoman los temas difíciles.

No puede describirse a la película La balada de la isla de otra forma que no sea como una feel-good movie, pero esto no quiere decir que sea condescendiente o complaciente con sus planteamientos y respuestas. Más que el romance, el desencanto por el amor perdido y los caminos no recorridos es la presencia constante en esta comedia, y ciertas resoluciones incluso abrazan la tragedia del anticlímax –así es la vida, después de todo–. Y en el centro de todo está la música como detonante de sentimientos, de recuerdos y de preguntas.
Está, por un lado, la perspectiva de los artistas y su vocación creativa, con un personaje que transita desde una frustrada melancolía cínica hasta un reencuentro con su propósito. Por otro lado, tenemos la perspectiva de un fan, de un melómano, que primero encuentra en las melodías de McGwyer Mortimer un ancla egoísta hacia la añoranza, que habrá de convertirse en catarsis y una nueva apertura a la conexión emocional.
Puede que no sea una película tan propositiva en otros apartados, como el visual, que parece conformarse con una fotografía meramente funcional a pesar de que, conceptualmente, guarda un potencial considerable para la poesía. Sin embargo, cargada por un guión y actuaciones sensibles aderezadas por una música que acentúa su agridulce melancolía, La balada de la isla logra contar una historia que reafirma el optimismo y la voluntad de seguir adelante, a pesar de las pérdidas.