Eddington – crítica de la película de Ari Aster
En la nueva película de Ari Aster, con tintes de western, Pedro Pascal y Joaquin Phoenix se enfrentan en una batalla por el control de un pequeño pueblo. Pero el retrato que hace de una sociedad invadida por la paranoia y el miedo, irónicamente argumenta a favor de esa paranoia y miedo.
Quizá no existe una forma relativamente segura de abordar el clima político contemporáneo que se vive, no solamente en Estados Unidos, sino en una gran parte del mundo, donde el ascenso de los extremismos ideológicos paraliza las sociedades tanto como las entusiasma. En ese sentido, Eddington, la nueva película de Ari Aster, en apariencia marca una distancia respecto a sus trabajos anteriores como La herencia del diablo (Hereditary, 2018) o Midsommar (2021), pero en realidad tiene una continuidad con aquellas: el cinismo con el que Aster se planta frente al miedo y el vacío, que fue el planteamiento nuclear de Beau tiene miedo (Beau is Afraid, 2023), su ambiciosa odisea fílmica.
En Eddington estamos frente a un nihilismo total que evoca el clima sociopolítico de los Estados Unidos durante finales de los años 70, que también atravesaba una crisis del sistema de estudios, y que en manos de Aster, agudiza esa sensación de desesperanza y vacuidad. La película se sitúa en mayo de 2020, cuando la pandemia estaba ya en apogeo, en un diminuto pueblo de Estados Unidos llamado Eddington. Ahí, un torpe sheriff (Joaquín Phoenix) decide postularse a la elección de alcalde enfrentado al regidor actual (Pedro Pascal), quien busca su reelección contando con sólidos niveles de popularidad.
Aster pretende sumergirse en la psique de la sociedad contemporánea, sumida en la paranoia y el egoísmo, independientemente del bando que se tome. El sheriff interpretado por Phoenix es renuente a seguir las medidas sanitarias impuestas por la pandemia, al igual que los habitantes del pueblo de Eddington, que funge como una sinécdoque de todo Estados Unidos. Tanto el sheriff como los pobladores parecen agobiados por la invasión de celulares y pantallas: en la visión de Aster, este es el principal enemigo doméstico, que reduce a las personas a meras cajas de resonancia dominadas por el miedo.

En la primera parte de Eddington, Aster opta por un estilo que se aleja del grandilocuente hermetismo de Beau tiene miedo y revisiona las largamente abandonadas mecánicas del western más tradicional, poniendo en el centro de la película la batalla entre dos hombres por el control de un pueblo que, a su vez, busca rebelarse contra el poder mismo. El problema aquí es que ninguno está plenamente convencido de los motivos que los llevan a actuar como lo hacen: todos parecen a la deriva y empujados únicamente por egoísmo e interés propio.
¿Se puede hacer una película sobre personajes desagradables sin caer en esos mismos defectos? A Aster no parece preocupado en crear una distancia con sus personajes. Más bien, se convierte en una suerte de documentalista de su propio universo, adoptando una actitud de descaro que solamente agudiza los males expuestos en la película. Ni una denuncia ni una celebración, Eddington es un campo minado a nivel ideológico, en el que no resulta fácil ni cómodo posicionarse, dado que cualquier declaración puede resultar en una violenta detonación.
Para su segunda parte, la película abandona la sencillez de su estructura y cede a su propia paranoia, generando situaciones burdas y desbordadas (en algún momento hay una caricaturesca uzi, en acción y en otro, la canción Fireworks de Katy Perry tiene un rol central), a medida que el sheriff interpretado por Phoenix lidia con el COVID. Su esposa, interpretada por Emma Stone, lo abandona al irse con un carismático fundamentalista cristiano interpretado por Austin Butler, mientras que su madre (Deirdre O’Conell), una vocal creyente de cualquier teoría de conspiración que se le atraviese, se convierte rápidamente en una inesperada aliada en la batalla ideológica por Eddington.
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Hay una escena en la que, después de una climática secuencia llena de violencia, el sheriff y su madre miran un fragmento de Young Mr. Lincoln (1939), la película de John Ford, con una intención que no puede resultar más que siniestra. La nobleza de esa película se tuerce y se pudre para destilarse en la negra sustancia que recorre el corazón de la película y aparentemente el de toda la nación. Esa inclusión podría parecer un gesto menor, pero lo que Aster parece decir es que las pantallas –y todo aquello que reproducen– no es tanto un retrato de su pueblo, sino la potenciación de sus fantasías y miedos. Son, literalmente, un medio de proyección, porque la única imagen que regresan los espejos es aterradoramente ordinaria.
De una manera similar a la del cineasta Alex Garland en Guerra civil (Civil War, 2024), Eddington expande e inflama el malestar en lugar de atenuarlo, afirmando que ya no hay salvación y que el cáncer social se ha expandido a tal punto que no basta con cortar la cabeza de la hidra: la hidra se ha vuelto inmortal. La única convicción que queda es la de la crueldad y el desasosiego. Ari sigue teniendo miedo y no tiene reparo ni descaro en contagiarlo como todo aquel que no usaba cubrebocas hace apenas cinco años.
*Este texto fue escrito como parte de la cobertura de Cine PREMIERE de Cannes 2025.