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Cine

Die My Love – crítica de la película

Die My Love – crítica de la película

La cineasta británica Lynne Ramsay une a Jennifer Lawrence y a Robert Pattinson en una película que sucumbe a la misma destrucción que su protagonista.

Cine PREMIERE: 1
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Hay una diferencia esencial entre hacer una película sobre un desquiciamiento y hacer una película desquiciada. En el caso de Die My Love es evidente desde el principio que la cineasta británica Lynne Ramsay está menos interesada en dirigir una película que en compartir el frenesí de su protagonista. Sin ninguna distancia crítica ni el menor grado de control, Ramsay cede a los impulsos de una psique dolida, presuntamente por depresión post parto, pero quizá más cercana a un sentido de no pertenencia y desarraigo afectivo. 

La película se basa en la aclamada novela Matate amor de la escritora argentina Ariana Harwicz, quien a diferencia de la cineasta, entiende que es necesaria una distancia entre mirar desde el precipicio y sumergirse en el abismo. La trama se centra en una pareja joven que acaba de tener su primer bebé, interpretada por Jennifer Lawrence y Robert Pattinson, quienes acaban de mudarse a una casa ubicada en medio de un bosque alejado de la civilización. Dicha casa tiene una historia traumática y antecedentes que son tan vagos como los de los mismos personajes. Solo sabemos que un tío del personaje de Robert Pattinson cometió suicidio ahí y por ello, la casa esta vacante.

Grace (Lawrence) es una joven escritora cuyo esposo (Pattinson) le promete y asegura que en esa casa podrá escribir “la gran novela americana” que tiene en mente. Con esa premisa, la película se dedica durante poco mas de dos horas de duración a mostrar el vaivén emocional de una mujer que se pelea con su deseo de pertenecer y el terror de ser absorbida por su propio deseo. Tanto Jennifer Lawrence como Lynne Ramsay creen que la ferocidad y la crudeza emocional vienen de gestos tan rimbombantes y vacuos como gatear en toda la casa, ladrarle a los perros, tener relaciones sexuales como “conejos” o demás arrebatos que parecen robados de un taller de improvisación actoral.

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Después de un breve retiro actoral, Lawrence, quien hace dos años hiciera un papel notable en Hazme el favor (No Hard Feelings, 2023), demuestra que quiere ser considerada nuevamente como una actriz seria, regodeándose en los extremos a los que la somete la película. Es evidente que se tenía en mente una presencia como la de Gena Rowlands en películas como Love Streams (Cassavetes, 1984) o A Woman Under the Influence (1974), pero de lo que carecen tanto Lawrence como la película misma es de un sentido de espontaneidad que realmente haga inquietante la destrucción psíquica, no a base de arrebatos, sino de una observación paciente que espera el gesto de locura más que forzarlo.

Si es que la película comparte cierta similitud con trabajos anteriores de Ramsay quizá sería con el trabajo de montaje y fotográfico de Movern Callar (2002) y con la estridente saturación sensorial de We need to Talk about Kevin (2011), un buen ejemplo de que Ramsay sí es capaz de tener un grado de control al hablar sobre una psique rota. Quizá en el tan buscado afán de ser “honesta”, la cineasta británica pensó que era pertinente dejarse envolver por los mismos demonios que consumen a su personaje principal y tal vez lo haya logrado, pero en perjuicio suyo. Desde el Anticristo (2009) de Lars Von Trier, no se presenciaba un acto de inmolación fílmica de tal magnitud.

Así como Grace batalla con sus deseos de tener una familia y quemarlo todo, Ramsay aplica el mismo principio a su película, no sabiendo claramente si desea dirigirla o destruirla. Die My Love se torna irritante, cruel, estridente y se permite pocos momentos de gentileza y ternura, principalmente aquellos en los que aparece la enorme Sissy Spaceck, quien con su mera presencia logra darle a la película una luz que permanece ausente durante el resto de la misma.

Lo que permanece de la cineasta británica es su interés por una idea de montaje sensorial, que aquí se fragmenta aún más de lo usual en consonancia con lo que vive el personaje principal, así como una marcada melomanía que incluye en su banda sonora a Toni Basil, Lou Reed y una versión de Kooks de David Bowie que podría ser de los pocos momentos rescatables de una abrumadora pesadilla, que por cierto, termina con la cineasta cantando Love Will Tear Us Apart de Joy Division a todos pulmón. 

Desafortunadamente no fue el amor lo que destruyó está película, sino su ausencia total. Si Ramsay le hubiese mostrado la mínima empatía a su personaje en lugar de arrojarse al vacío con ella, estaríamos hablando de un cine vivo en lugar de uno que no sabemos si ha muerto, pero que sospechamos sigue en caída libre por la oscuridad.

Este texto fue parte de la cobertura de Cine PREMIERE de Cannes 2025

autor Cofundador y crítico en la página web Butaca Ancha. Escribe de cine en medios como Tierra Adentro, Animal Político, Forbes y Algarabía. Considera que cada película, independientemente de donde venga y quien la haga, tiene algo importante que decir.
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