Cuckoo – crítica de la película
El director Tilman Singer entrega una propuesta de terror fascinante que, por momentos, peca de excesiva.
Uno de los aspectos más fascinantes del cine de terror y fantasía es su elasticidad para plasmar hasta las ideas más extravagantes, complejas o, en términos simples, alocadas. Sin embargo, la película Cuckoo, del director y guionista alemán Tilman Singer (Luz), bien podría ser la demostración de que, incluso dentro de los confines tan libres de dichos géneros, es posible excederse al grado de la confusión.
Estamos ante una película para la que, una vez llegados los créditos, es difícil establecer su trama y temas con exactitud y coherencia. Esto no necesariamente es por falta de ambición –le sobra, de hecho–, sino porque abarca demasiado sin conseguir concretar varios de sus hilos narrativos.

En principio, la trama de Cuckoo parece sencilla: Gretchen (Hunter Schafer, de Euphoria) es un alma adolescente torturada y antipática. Luego de la muerte de su madre, se ve obligada a dejar su hogar en Estados Unidos y mudarse a un centro turístico en los Alpes alemanes con su padre, Luis (Marton Csokas), su joven madrastra, Beth (Jessica Henwick), y su media hermana muda, Alma (Mila Lieu). Viajan al país europeo para ayudar a un enigmático amigo de su padre, Herr König (Dan Stevens), a construir un nuevo hotel. Con la idea de ganar dinero para volver a casa, Gretchen decide aceptar un trabajo como recepcionista.
Sin embargo, pronto comienzan los acontecimientos misteriosos. Las huéspedes femeninas se comportan de forma extraña y vomitan en el hotel; Alma experimenta convulsiones inexplicables y Gretchen, en bicicleta, es perseguida por lo que parece una mujer encapuchada durante la noche. König, mientras tanto, no se inmuta.
Al avanzar más, Singer introduce tantos personajes, situaciones y explicaciones que comienza a perder control de su guion. Sin entrar en detalles, cabe adelantar que hay cabos que quedan sueltos. Otros elementos permanecen ambiguos, a veces con intención, aunque también hay instancias donde el director y guionista parece haber dejado ideas en la sala de edición. Cuando las explicaciones llegan, suelen hacerlo en bloques densos de torpe diálogo expositivo.

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Esto provoca una sensación de desorientación que, si somos honestos, no le juega del todo en contra. La dirección de Singer es efectiva tanto para los elementos más básicos como los sobresaltos (satisfactorios y en porciones saludables), como en la creación de una atmósfera que confiere confusión y extrañeza, y que incluso se permite jugar con el tiempo. En sus mejores momentos, Cuckoo es una película rarísima e inquietante, en el mejor sentido de ambas palabras.
Dicho esto, su ambición es algo que también debe reconocerse, incluso si el producto final no se siente del todo cohesivo. Tenemos aquí un thriller de terror y ciencia ficción con elementos de creature feature que, por momentos, también coquetea con la farsa: Stevens planta a su Herr König con firmeza en el sector más camp en la gráfica de los villanos ficticios, casi como un malvado de un cuento de hadas.
También está la revelación de dónde viene el monstruo de esta historia. De nuevo, para no arruinar nada, sólo digamos que tener conocimientos básicos sobre el pájaro cuco del título puede ayudar a hacer un poco de sentido para la enredada política de género que nos propone el guion (“pájaro cuco” y “política de género” son términos que normalmente no van juntos en un enunciado, pero he ahí la magia de la ficción fantástica).

Es en este último punto donde Cuckoo es más interesante, pues podría (¡podría!) encajar cómodamente entre otras propuestas de terror que lidian con el control de las identidades y los cuerpos femeninos por medio de la cultura, la sociedad y la ciencia (nada más de este año, se vienen a la mente Inmaculada, La primera profecía y MaXXXine). En este caso particular, sin embargo, lo que podría ser una exploración interesante se convierte en uno de tantos elementos perdidos en la maraña.
Sus tropiezos no significan que Cuckoo no merezca una oportunidad. Cuando se permite ser extravagante, lo es a tal grado que es imposible dejar de mirar y reír con sus absurdos –incluso si pueden ser involuntarios–. En el fondo, propone una ingeniosa e inquietante alegoría sobre la imposición de valores conservadores en su forma más perversa. Puede que requiera una visita al aviario para ahorrarse un dolor de cabeza, pero dejando eso de lado, será una saludable diversión para los aficionados al terror en su versión más alucinante.