Gran Torino – Crítica
A pesar de la fuerte presencia de Eastwood, el filme adolece por convencional e innecesario.
Gran Torino, la segunda película estrenada por Clint Eastwood en el 2008 (¿pero cuántos años tiene este hombre?) se esfuerza demasiado por ser profunda. Y lo logra, a pesar de que el exagera en la dosis de su mensaje antiracista (“¿pero-por-qué-no-podemos-todos-ser-como-hermanos?”). Eastwood es Eastwood: curtido y directo, y lo hemos amado aún más durante estos últimos años, cuando sus personajes han sido más enojones. Aquí hace algo parecido a una parodia involuntaria de Harry el Sucio en Saturday Night Live, encarnando a un intolerante y áspero tipo cualquiera que escupe insultos raciales a sus nuevos vecinos asiáticos. Ya entendimos la idea: meter el dedo en la llaga no es ni gracioso, ni necesario.
A pesar de los diálogos exagerados y llenos de clichés, y de su línea dramática simple y de fórmula, la cinta es disfrutable en cierto nivel – después de todo, es Clint Eastwood–. Interpreta a Walt Kowalski, el desagradable viejo que vive solo desde la muerte de su esposa en un vecindario que se ha tornado peligroso y multicultural, algo que no le agrada en lo absoluto. Su comportamiento es ofensivo incluso hacia sus propios hijos y sus familias. Lo único que ama este hombre en la vida es su cerveza, su perro y su impecable y viejo Gran Torino.
Como parte de un ritual de iniciación entre sus amigos adolescentes, uno de sus vecinos, un “maldito taka taka”, se ve forzado a intentar el hurto del auto. El chico trata de hacer las paces, pero su banda no se lo permitirá. ¿Podrá Walt Kowalski sobreponerse de forma milagrosa a sus prejuicios y ayudar al chico que intentó robar su Gran Torino? De entre lo obvio de la trama, una escena se destaca como la peor: cuando Walt lleva al joven a su barbería para enseñarle a actuar como un hombre al presenciar como él y el peluquero intercambian insultos raciales. Es la escena que más pena ajena causa de cualquier película reciente. Es triste ver a Eastwood en este filme, porque se nota que le puso todo el corazón. Aún así, suena en esta época de premios.